¡Qué vivan los cacerolazos!

Me encanta ese recién descubierto poder que ejercen los cacerolazos. Son manifestaciones inocultables, pacíficas y espontáneas, pero contundentes, de personas comunes y corrientes que se asoman por las ventanas de sus propias casas y que salen a sus propias calles a protestar de forma estruendosa. Un consenso a golpes de cacerola.

¿El contraataque? Los actos vandálicos que empezaron a presentarse al final del primer día (#21N). ¿Orquestados y ejecutados por quién? En todo caso no por la masa que temprano salió festiva a marchar.

Con los repetidos cacerolazos, los cacerolistas han desvirtuado los argumentos del perturbado aprendiz que hoy funge como cabeza de este gobierno –y de los que tras bambalinas dirigen los hilos del Estado–. Los argumentos de un libreteado aprendiz que, prestándose a jugar juegos paralelos, por un lado ha salido a decir que va a “dialogar”, pero por otro, en la práctica se ha hecho el de la vista gorda con el origen de esos actos vandálicos que han buscado deslegitimar la validez de las protestas de la masa anónima que durante estos días ha salido a marchar de forma legal y cívica.

A esto se suma el que, para distorsionar lo vivido a lo largo y ancho del país, los interesados en fomentar esa deslegitimación han contado con el apoyo del filtro informativo (¿propagandístico?) de medios masivos afines a sus intereses, que en sus franjas de información han ignorado la fiesta que antecedió a esos actos de violencia y se han enfocado en los actos vandálicos. ¿Para justificar la campaña de amedrentamiento emprendida en los días anteriores a la marcha y al paro?

Y ni hablar del filtro de los seguidores del jefe del partido de gobierno, que ahora son una indiscutible minoría (así lo muestran las urnas), pero que a través de las redes sociales han hecho de cajas de resonancia de los actos vandálicos de dudosa procedencia que empañaron el final de las primeras jornadas. Aclaro que, sin duda, muchos de esos seguidores del jefe del partido de gobierno son unas excelentes personas, que cumplen con sus obligaciones morales, cívicas, familiares. Lo sé, sin duda, porque algunos de ellos forman parte de mi familia y de mi círculo de amigos.

Pero volvamos a los cacerolazos. Esos, en esencia pacíficos pero contundentes, esos, ¡son inocultables e indistorsionables! ¡Qué vivan los cacerolazos!

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