En sueños vislumbré el profundo Hades,
inocente descendí por un sendero
que bordeaba las paredes del oscuro Averno,
bebí con avidez en las aguas de las riberas del Aqueronte,
humedecí mis pies en el Cocito,
me preparé un reconfortante té
con las corrientes del Flegetonte,
me alejé cautelosa del Estigia
y en la suave corriente del Lete floté ligera.
A lo lejos mi madre, de pie,
cristalizada estatua,
torre, placenta,
tibieza ausente,
fatal umbilical cordón,
cuencas vacías,
confiada iba, cabeza al frente;
se fue alejando mientras Caronte
triunfal escolta, boga eficiente,
la conducía al profundo Hades.
Marta Restrepo
Abril 19 de 2008


















Muy lindo tu poema. Reconfortante tibieza de la ausencia.
Cuando la felicidad nos abarca, ella, de lejos, nos sonrie.
Miguel:
Esta ausencia visceral de la muerte de la madre produce un dolor ancestral y universal. Sólo quien lo ha vivido lo comprende, porque es incomunicable. No se parece a nada conocido.
Sin embargo, la vida sigue, pero la óptica cambia y el “estar” adquiere una nueva dimensión.
Gracias por tu comentario.
Inmersa en tu inspiración te acompaño, es un vacío extraño, pero ahí está.
Nos abrazamos!